domingo, 27 de diciembre de 2009

27/12/2009 - Domingo.




El mismo sitio puede ser un sitio distinto.
El mismo vestido un vestido diferente.
El mismo día, otro día.
El mismo recuerdo otro recuerdo.

Una ventana abierta,
cerrada un rato después
dice que casi no respira.
Aire envejeciendo al elevar la copa del brindis
y una noche sonriente pegada al cristal oscuro.
Ventana discutiendo y alguna vez mintiendo sol.

No sé qué digo si no sueño bien. Ven.
Muéstrame el limpio sueño
que había en la alcancía de aquel tiempo,
llave libre.

Siempre te ha querido
la que va
vida a vida
nombrándote
desde entonces.










sábado, 26 de diciembre de 2009

26/12/2009 - Sábado.



“... Nadie podía quitarle el derecho a pensar que a veces Dios se equivoca al repartir sus favores y si no sería mejor que Dios se dedicara a amontonar las virtudes en lugar de diseminarlas. La excelencia y no el equilibrio debería ser la meta. ¿No vale más un héroe que dos o tres o un millón de hombres vulgares? Pero en fin, el asunto tenía ya mal arreglo. A Ullrich le había tocado el pene más grande, y a Andreas, todo lo demás. No era mal reparto”. (El hombre que inventó Manhattan, Ray Loriga)


* * *

La crisis a veces me pone la piel de plástico, sobre todo en los pies. Por otra parte, llueve bastante y no viene mal ser, hasta cierto punto, impermeable. Lo peor de todo es que surgen goteras, con tanta lluvia es algo previsible. Juntar tres paraguas no ha servido de mucho, son mudos e incapaces de invocar a los dioses encargados de reparar vías de agua. ¿Se me estarán inundando los pies?

En caso de sol abrasador tener piel de plástico no es conveniente. Así decido, por si se diera la ocasión, en una de esas medianoches raras, mezclar en la vasija de los pactos angelicales diversas sustancias que, aplicadas en las dosis adecuadas y a las horas de los feitizos, vayan transformando el derivado del petróleo en una epidermis de poros abiertos. Quizá la próxima primavera me encuentre bajo una sombrilla, intentando entender los desequilibrios virtuales de eso que se llama Bolsa, con sus índices y sus puntos, que no suelen ser suspensivos sino puntos de suspense. Y suspendidos mis sentimientos entre variables incomprensibles, como si fuesen jeroglíficos dibujados en la gruta de una isla desconocida, tal vez descubra que regreso a la piel de la vida.

Vale. Mientras todo esto sucede moldeo nubes de menta, las volutas de entonces, y esos anillos de compromisos fantásticos, emulando a los peces de colores del acuario. También, a la hora en que solemos citar a los huracanes, hago acopio de brazaletes suficientes y con su sonido amenizo el ensayo puntual de los abrazos que ésos vientos deben a la suave brisa, como si dirigiera un tráfico aéreo excesivo. Hay instantes en estas ceremonias en que se cruzan extravagantes aves de un edénico paisaje.

O no digo nada. Escucho la cara B de discos guardados en los desvanes de la memoria. O disparo con silenciador en el aire turbio de una noche de resortes imprudentes e insolentes. Aunque si callo a la sombra que acostumbra a arañar las paredes del sueño, escribiendo consignas altivas, puedo, suavemente, deslizar algo parecido a una sucesión de frases besando la huella serena del anhelo.

Si recorro la línea del corazón y veo a esos bichitos apenas perceptibles, danzando palma extendida y comprendo cierta indecisión en el movimiento que no equilibra la intención de bofetón o caricia, pienso en los castillos de arena que arrastraron las olas en la orilla de la decepción. Y todos los bichitos casi invisibles desfilan por la paralela de la vida con su corazón de lupa y un verso cada uno.

Y ahora, a esta arriesgada hora de la noche interior, voy a colocar a la entrada esa pequeña alfombra que casi siempre decía WELCOME.

 
 

lunes, 21 de diciembre de 2009

21/12/2009 - Lunes.





“También tú en el jardín te disfrazas y en tus manos guardas flores imprecisas y en el horóscopo del diario encuentras razones más que suficientes para acabar conmigo.


¡Yo a veces me siento junto a la verja a fumar un cigarrillo imaginando que te ignoro, y soy tan feliz!”. (El destino de Cordelia, Ray Loriga)


* * *

A falta de canciones de cuna con que dormir “al niño o la niña”, ovejas que contar, cuando el tiempo se acerca a esa línea de la noche interior, emergen cuestiones tanto banales como trascendentales y se elige, como en el juego de los chinos cuando puño cerrado has de decidir entre pares y nones. Es absurdo, lo sé.

Qué hubiese pasado si aquella mañana Proust en lugar de mojar la típica magdalena en su café, hubiese mojado un bollo suizo o una porra sin ir más lejos. ¿Hubiese contado tal vez la historia de una saga de banqueros o relojeros? No quiero plantearme qué nos habría dejado escrito si hubiese mojado en el café una porra, como no quiero indagar en el fastidio que me producen las galletas María en el desayuno, por qué me gustaban y gustan más las Chiquilín.

“Si usted quiere me tumbo en el diván ahora mismo, a estas alturas desnudar un poco más mi subconsciente no me produce inquietudes importantes, pero le advierto que el asunto de las galletas tiene tan poco glamour y es tan sencillo, que no merece indagaciones psicoanalíticas”.

Y ya que estoy masticando desayunos al filo de la madrugada, me alegro de que Aminetu Haidar coma en casa otra vez.

Claro que si una tira de la galleta... ocurre que ese trozo desaparecido, que se ha intentado rescatar sin éxito con la cucharilla, está, al vaciar la taza, al fondo. Magia Borrás, que no La Borra del café. ¿Qué ocurre? Pues, pasa lo que pasa, el condenado pedazo de galleta no deja leer el poso del café. Por consiguiente, y para saber qué nos depara el futuro, no queda más remedio que recurrir a la astrología, porque el oráculo de Delfos y los dioses del Olimpo se han jubilado. Entonces buscas tu horóscopo entre las páginas del periódico y te enteras de que Obama se apuntó un poroto en la cumbre de Copenhague, que el Poeta en Nueva York, ya no está allí, aunque tampoco anduvo muy acertada la brújula al buscarlo... y llegas a la última página sin encontrar pronóstico alguno, salvo el del frío siberiano que nos obliga a pertrecharnos en los brazos imaginarios del amante imaginario, tapándote hasta las orejas con la mantita de viaje, imaginario también.

Apagadas todas las luces, la nariz apuntando a las hipotéticas iniciales bordadas en la sábana -supuesta también-, esa inocente impresión de aguja e hilo, reafirmación de enlace, cuelgas un dedo en el agudo extremo de la creciente, sensación etérea, puedes sostenerte sólo con un dedo. Que si algo entra por la ventana de los deseos dormidos sea con ese broche brillante que animó otras historias y mil y una noche de cielos despejados.


jueves, 17 de diciembre de 2009

17/12/2009 - Jueves.




“Y si durante algún tiempo consiguió vivir con asombrosa eficacia en el disfraz, después de las últimas lluvias, era plenamente consciente de que su disfraz, mal cosido para empezar, se caía hecho jirones, y temía, o sabía, que dentro de poco, en realidad ya mismo, estaría del todo desnudo”. (Ya sólo habla de amor, Ray Loriga)


* * *
Me resulta imposible ordenar el día como si acabara de descolgar la ropa del tendedero, calcetines, camisetas, toallas, bragas, etc. Pasa algo, ocurre en silencio y en la más absoluta clandestinidad del alma, tal como un principio que acude desde el caos presente o una catástrofe definitiva pactando con ese montón de piezas tiradas por el suelo de un tiempo confuso.

Por qué, me pregunto, decidí sacarme la máscara, depositarla en el baúl junto a las marionetas inventadas, abandonar el arte del ventrílocuo, ponerme el nombre de los documentos y desnudarme de letra para abajo, como si tuviera algo que decir, no ya importante sino algo. No me cuestiono en absoluto la utilidad de este espacio o su entretenimiento, no, no es eso, aunque no sepa exactamente qué es. Así, a cara descubierta, los márgenes se acotan, la reflexión se impone, siento que he de medir en cierto modo el alcance de lo que digo o cómo lo digo. La distracción se convierte de esta manera en una tarea, no controlada, pero sí medida hasta cierto punto. Y así pienso que debería volver a lo imaginado, a las ficciones que recorren a tientas los rincones en penumbra y ni siquiera saben cómo me llamo, si es que sigo volcando frases en este sitio.

También creo que mostrarse, de tarde en tarde, fuera del alcance de los reflejos, es un buen ejercicio, como una reconciliación o repaso de las exigencias diarias de la realidad y lo cotidiano.

Y en este instante, madrugada ingresando en los silencios debidos al descanso vecinal, echo de menos la música. Dylan no está, la mudanza, viene Joe Cocker, Sorry seems to be the hardest word.

Never tear us apart. Solucionado el bullicio con auriculares.

Quiero dejarme resbalar como una lágrima por la pendiente cálida de esas canciones, cambiarle el sentido a esto que comenzó, tecleado con tanta duda, en la firme decisión de no repartirle sucesos o anécdotas a las horas del día. Que mis dedos cuenten por mí, hablen, aunque no digan nada.

El fin de semana pasado me hablaron de un personaje de cuento que no conocía, Narrudín creo que se llamaba. The simple things. A Narrudín alguien le exige que le demuestre la existencia de Dios y él ante la insistencia de quien le pide esa demostración, le da un golpe en la cabeza. El otro se queja a una tercera persona, y ésta pregunta a Narrudín por qué le ha golpeado. “Él me pidió que le demostrara la existencia de Dios, pues que me demuestre él el dolor que siente”, contesta Narrudín.

Have a little faith in me. En todas las ventanas ha enredado el frío y la noche un misterio de ojos cerrados a las estrellas. Debajo de los tejados como debajo de los sombreros moran los pensamientos dormidos sobre la esfera y sus números. En algún lugar, sin embargo, reside un eterno latido y ése es el latido que buscan las bocas sedientas. Quizás besos perdidos en tránsitos anteriores. Deudas de abrazos.

Atando palabras en el tapete verde de los juegos de azar. Don’t let the sun go down on me. Y qué fabricar con las letras ordenadas del abecedario, como si fueran fichas esparcidas sobre el lecho de una noche que nunca ha sido y no será hoy que ya se propone amanecer, contra toda desnudez dispuesta a oraciones afirmativas. La luz vendrá a pronosticar interrogantes que llevarás otra vez hasta la franja horaria de los hechizos entre el pecho y la tela y dirás de nuevo, una vez más, que querías y quisiste aunque no quisieras entrar en ese laberinto emotivo en el que todavía viven murmullos codificados sobre tu piel.

... se pierde el tacto sobre el teclado, responde algo que agita desde el sonido y eleva y cae, rayo luminoso o entusiasmo, una guitarra descifrando poro a poro lo que el roce de la brisa dijo sobre tu hombro antes de la lluvia y los telones de acero de la desilusión...

My father’s son.

… que sí, el metal, la voz de la percusión y tu baile en la cercanía del deseo desprendido de la canción, sin excusas posibles porque aun tejido por medio esa trama te traiciona y la música abre compuertas y resquicios al descuido y ya estás casi en la cima de la impertinencia cuerpo toda la letra y caricia en la emoción... Could you be loved...

Mañana no vengo a ser frase desorientada a propósito de este artificio en el que me inscribo y ya voy despidiendo mano alzada y dactilares huellas...

Besos.

That’s all I need to know… And you?

(All I know) Feels like forever.

 











miércoles, 16 de diciembre de 2009

16/12/2009 - Miércoles.


“Me contó una historia de un elefante al que todos los cazadores disparaban. Era un elefante grande como una montaña y todos los cazadores pequeños como una bala de fogueo creían que podrían con él. Disparaban sus rifles y el elefante no caía. Estaba bien jodido, pero no caía. Según me contó, el elefante aguantó durante años aquella historia. Tíos incapaces de tumbarle disparándole a todas horas. Una vida demasiado dura incluso para un elefante. El viejo se quedó allí a mi lado, durante un par de horas más, sin decir nada, supongo que trataba de averiguar si yo era una de esas personas capaces de estar calladas. Luego me dijo: Chico, cualquier imbécil puede herir a una mujer pero sólo un hombre grande puede llevársela para siempre”. (Héroes, Ray Loriga)

* * *

Tobi, ese can bautizado en la pila de las mañanas, cuyo nombre verdadero nunca sabré, ladró el día que amaneció nevando. Hice la foto a pesar de sus ladridos y Don Quijote le dijo a Sancho aquello de “ladran, Sancho, luego cabalgamos”.

Las mañanas casi siempre tienen sabor a resurrección y a café, aunque la tarea de reencarnarse en el personaje sea ardua. De una noche vacía, como una ría sin agua, aparece frente al espejo del baño el fantasma desaliñado que saldrá a inventarse los sueños que no fueron. O tal vez recuerde el recurrente, ése en el que apenas logra sujetarse al borde de una cornisa con el vacío debajo y sin un Buster Keaton que le ponga gracia al asunto.

Real. Al volver del trabajo cocino y paso la mopa con la radio dando vueltas entre canciones dispares. No me dispares, Eric Clapton. Estoy encantada con mi entrada para el teatro. La plaza me pareció preciosa cuando dejé la taquilla, al frente la Victoria simbólica, rodeada de farolas encendidas y una fachada estratégicamente iluminada, "la vida es sueño", se oye. Un encuentro casual y familiar, esas cosas que sólo pueden suceder en el centro de la ciudad, que es como una ciudad más pequeña, menos dispersa y donde la vida se concentra con la riqueza de la paleta de un Marc Chagall o un Matisse o un Miró o un Picasso.

Sé que algunas alegrías padecen de fragilidad frente a grandes obstáculos que, por invisibles, tienden a convertirse en infranqueables y procuro no pisar en falso. Quedan excluidas de lo anterior las cacas de los perritos, aunque no estaría demás que los dueños aprovechasen las bolsitas de los dispensadores que ha instalado el ayuntamiento con el noble fin de evitarnos pisar mierda. Alguien me dijo una vez que la mierda hay que dejar que se seque, después no mancha y se puede pisar con toda tranquilidad. Es más cívico recogerla, creo.

Y ahora la madrugada, sin peligro a la vista, pues vine a casa antes de las doce campanadas y no tuve que sufrir el bochornoso desencanto y quedarme sentada sobre una calabaza. Como contrapartida sigue sin servirme el zapatito de cristal y no sé qué habrá sido del príncipe, pero seguro que a él también le crecieron los pies o como poco le salieron pelos en las orejas. Además de un príncipe azul, hubo un barba azul y si mal no recuerdo un barba roja, también la caperucita idem y el flautista, sin olvidar a los famosos tres cerditos y el lobo erre que erre de cuento en cuento y de bosque en bosque. Ahora están de moda los vampiros pijos y ya nadie quiere dar la vuelta al mundo en ochenta días ni hacerse 20.000 leguas de viaje submarino. Pese a todo esto a quién no le gustaría vivir del cuento...

Ay, amor que derribas fronteras... sin ti mi cama es ancha...

No obstante, mareado ya el segundero, y secretamente, rememoro la ilícita presencia, la caricia que atraca en el muelle de la epidermis nocturna, como una tarea pendiente del próximo poema, la siguiente letra de un alfabeto reinventado o la esperanza de los labios que me digan.


 
 
 
 
 

martes, 15 de diciembre de 2009

15/12/2009 - Martes.





“… Mickey Mouse se pasea por tu calle con una recortada y sabes que no vas a recordar nada que no hayas tratado de recordar cien veces. Si eres capaz de fabricar algo fabrica espadas porque todo lo que vas a echar de menos son espadas. Confía en los caballos y confía en las quinielas pero no confíes en un país que desayuna niños como tú, y ten siempre en cuenta que todos los países, grandes o pequeños, desayunan niños como tú. Tampoco te conviertas en un completo imbécil porque las naciones saltan los escalones de diez en diez cuando caminan sobre imbéciles”. (Héroes, Ray Loriga)



* * *


Tengo un día papel de lija. Por dentro, por fuera intento no raspar a nadie. El sol a pesar de mí brilla, juega a un invierno de ley, mientras yo añoro estíos más condescendientes con mis huesos.

Heroínas. Aminetu Haidar no come. Tinduf está muy lejos. Los pecados de la Historia siempre son veniales, a toro pasado se transforman en eso, fueron mortales en su momento. Siempre es así, sólo hay que repasar los gloriosos capítulos que nos cuentan lo que fuimos. Sin ir más lejos y como ejemplo disponemos de unos trescientos años de Inquisición con sus correspondientes hogueras. Las de las vanidades no, las de quemar demonios.




Mi Heroe, sin acento, gesticula en medio de mi salita de espera. Creo que tiene frío, yo también, le digo, qué tal si nos vamos a dormir, debajo de las mantas se soporta mejor y así soñamos. O hacemos que soñamos. Porque las paredes se han encogido y disponemos de un surtido de rejas y barrotes en las tiendas de bricolaje, decorar la celda. Antes fue una jaula, sólo para relacionarla con una figura alada, pero era mentira, la figura tenía amputadas sus alas y el espacio adquirió la categoría verdadera de celda.

Creo que la única riqueza a la que puede aspirar mi Héroe –le pongo el acento que sé en su interior- es a la libertad.

Manuel Rivas entra en la Academia Gallega de la Lengua. No puedo sino alegrarme, de que un escritor al que admiro profundamente ocupe un lugar donde su esencia humana y su talento sean de provecho colectivo.

Le conté, anoche, a mi Héroe de cartón piedra, cómo se me había roto aquel jarrón chino de la dinastía Ting… Tong, me dijo. Suele empeñarse en conversar conmigo en lenguas que no entiendo, así que le bajo el volumen y me entretengo en seguir el movimiento de sus manos, cómo coloca los pies, las respiraciones entre palabras, los paréntesis sinuosos de sus labios, el parpadeo y asombro de sus ojos… Algunas noches están hechas para envolverse en una cálida manta y enamorarse, como antes, de tus Héroes, después sueles dormirte con la piel tan tersa como si te hubieras puesto una buena dosis de crema de babas de caracol.














lunes, 14 de diciembre de 2009

12-13/12/2009 - Sábado y Domingo.





"Mientras se mojaba la cara y se peinaba con los dedos hacia atrás sintió que recuperaba poco a poco al hombre que en realidad era. Al regresar a la mesa con paso firme, todas sus fantasías se habían esfumado. Mirando a la niña y a la mujer sentadas junto a la cristalera, se propuso empezar a hacer las cosas bien a partir de ahora".(Nada malo, Ray Loriga)

* * *


Cuando la piedra transparente de la madrugada se fragmenta, arde y alza un grito violento, sabes que alguna voz extraña gesta su letanía en el velo oscuro. Alma y suplicio desgranan versos irredentos o devociones absolutas.

Y en la mañana ya resuelta, con su sol pleno, el café en la mano y el convencimiento de que todo empieza de nuevo, ningún remordimiento ni recuerdo de la caverna, desde donde el dios malvado puso su icono en la frente del sueño.

Relativo, ese tiempo elástico pone señales equívocas, enloquece a los segunderos y a los tañidos que seguramente anuncian oficios. Sin embargo la plegaria que describen mis gestos tiene un fin multitudinario y me visto sin cálculos ni adornos extraordinarios. En la calle esperan los eslóganes y las insignias que evocan derechos y advertencias de conocimiento.

Somos muchos, aunque hay muchos más que no llegaron. El trabajo que dignifica y mantiene a la persona. Es un sábado peregrino y la calle da una voz de alarma, el peligro de que la enfermedad se convierta en epidemia.

El sábado sigue su curso, después de lo manifiesto en las calles, con charlas serias, triviales, bromas... Una vuelta por una librería. Él libro que compro y que hoy, domingo, he comenzado.

Domingo de aliento helado, después del disparo certero en el corazón de la noche del sábado, que la quebró como esos vidrios que estallan y sin desprenderse muestran su cicatriz amenazante. En la madrugada debieron desatarse pequeños ciclones, que dejaron ramas partidas y muchas hojas sobre las aceras. A veces el viento va provisto de navajas y mal carácter.




Camino por calles soñolientas. Algunos paseantes con sus perros, madrugadores lectores de prensa y los que entran en los bares a tomar el primer café del día. Compro tabaco, el periódico y entro en uno de esos locales donde venden café en vasos de papel y donuts con fideos de azúcar coloreada. Tomo por primera vez café con pajita. En la mesa de al lado se sientan cuatro chicos muy jóvenes, me sorprende su forma de hablar relajada y sin elevar demasiado el tono. Uno de ellos comenta incluso que la música está un poco alta. Tiene razón. Les escucho, entre párrafo y párrafo de un artículo, conversar sobre sus estudios. Hoy regresan a Santiago.

Compro pan de camino a casa y me dispongo refugiarme en casa, con mi catarro, el periódico y el libro y la música y una película. Voy a pasar una tarde de domingo en pantuflas, zapatillas... Si alguien me hubiese sugerido una tarde de tacones, le hubiese dicho que no combinan bien con esta tos que me sacude como oleaje de temporal.

Y así llegó la noche transgresora, vestidita con su disfraz de novia de toda la vida, callándose el nombre de la verdad que luego duerme.












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