domingo, 11 de abril de 2010

La caricia escribió sobre la piel.

Encendieron aquel verano y nos sorprendieron confeccionando rutas clandestinas. Calles adoquinadas como un extenso abecedario, dispuesto sobre el más disparatado calendario.

Chaflanes para bifurcaciones, esquinas sorprendidas, cruces y convergencias acodadas en una barra. Y la conversación fue a la caricia y la caricia escribió sobre la piel de una de aquellas noches, cambiándole la intención al verso.

Desconcertado, el deseo, empeñó sus besos y puso entre líneas y sábanas la devoción de las oraciones: plegaria del tacto sobre tu espalda... y abrazo.

 




sábado, 10 de abril de 2010

Café con marinero enfrente.

“Ocurrió en el tiempo de las noches largas y los vientos de hielo: una mañana floreció el jazmín del Cabo, en el jardín de mi casa, y el aire frío se impregnó de su aroma, y ese día también floreció el ciruelo y despertaron las tortugas.

Fue un error, y poco duró. Pero gracias al error, el jazmín, el ciruelo y las tortugas pudieron creer que alguna vez se acabaría el invierno. Y yo también”. (LAS PALABRAS ANDANTES, Ventana sobre el error, Eduardo Galeano)

“Siento volverme de pronto tan sensato, mi queridísima Cordelia, pero en Sicilia jugabas tú al verano y ahora, en tu propia casa, juego yo al invierno”. (EL DESTINO DE CORDELIA, Ray Loriga)

* * *

Del tiempo en el que los territorios minúsculos, eran lugares inmensos expuestos a la exploración, proviene quizás ese rincón a resguardo, destinado a ser jardín y fantasía cuidadosamente cultivado. Perseguir con la mirada el recorrido delimitado de los peces en un estanque, desde aquella dimensión, no provocaba sensación de opresión alguna. Porque entonces la altura de un peldaño requería mayor esfuerzo y subir toda la escalera constituía un reto.

Cada recodo escondía un tesoro digno de ser descubierto y las cosas más simples podían ser ese tesoro: un botón metálico con un escudo en relieve, un azulejo de colores, una piedra con forma de cabeza...

Un árbol no era sólo un árbol. Un árbol era atalaya. Un árbol era refugio. Trepar y elevarse, alcanzando una estatura superior a la estatura establecida.

Va cumpliendo tiempo, esta voz que de alguna manera era aquella, hoy distinta, aunque no sé si más grande, las proporciones pierden importancia cuando se dicen emociones y sentimientos.

En un día chico, menesteroso en todo sentido, encuentro una mirada desafiante, segura y serena. No es mía. Pertenece al hombre que está sentado en la mesa de enfrente. Mira a través del ventanal. Una leve sonrisa se dibuja en su rostro recorrido por los años. Lía un cigarrillo y me mira. Vuelve a lanzar su mirada hacia la calle y da la primera calada, luego expulsa el humo como si tuviese la capacidad de atravesar el cristal y rozar la mano de la mujer que pasa y mira sin verlo.

Tengo un café sobre la mesa, el pequeño cuaderno abierto y un bolígrafo en la mano. La hoja está en blanco. Traía palabras de origen desconocido. Los labios de la tinta tienen dificultades al pronunciarlas.

Además del hombre, de mirada segura y desafiante en la mesa de enfrente, los dos camareros y yo , sólo hay dos mujeres en una mesa alejada, que hablan en un susurro como si estuvieran haciéndose trascendentales confidencias.

De amor. Sí. Las palabras sueltas, esperando enlaces que las unan.

El camarero más joven, aburrido, se acerca, retira la taza de café vacío y me pregunta si me sirve algo más. “Sí, póngame la mirada de ese hombre en el cuaderno”. Le digo que me traiga otro café, esta vez americano, o sea largo de agua, no de café. Sonríe. “Ya sé, cada español tiene su propia fórmula a la hora de pedir café, un lío insoportable a la hora de servirlos, cuando los comensales son numerosos. Yo también fui camarera”.

El hombre de enfrente tiene aspecto de marinero curtido por el viento y el salitre del mar. Aquí no hay mar, y sin embargo a veces tengo la sensación de que, una vez dejados todos los edificios atrás, va a aparecer.

El camarero me trae el café y pregunta si está bien así. Perfecto, le digo.

El marinero mira hacia mi mesa, hacia el cuaderno y el bolígrafo que he puesto sobre la hoja en blanco. Tengo la impresión de que su leve sonrisa adquiere amplitud.

Un chico con mochila a la espalda, gorra de visera y auriculares entra y pide a gritos un vaso de agua. No se da cuenta de que lleva la música demasiado alta y por eso él no se oye. Rompe el ambiente discreto y sin música del bar. El camarero de la barra, también aburrido, le pregunta qué ha dicho como si no le hubiese oído. El chaval vuelve a decir si por favor le puede dar un vaso de agua, gritando más aún. El camarero le hace señas con la mano de que no le oye. Y el chico repite. Los dos camareros ríen y el de la barra le da el vaso de agua. El chico lo bebe y sale dando las gracias a gritos.

Yo también, como el marinero, miro hacia la calle. Le veo, es él. Camina hacia aquí.

Entra una chica y se acerca al marinero.

-Hola, papá, disculpa el retraso, había mucha cola en el banco.

No puedo creer que vaya a entrar justo en este bar. Hay miles de bares en la ciudad, miles sólo en esta zona y después de una año viene precisamente a éste.









viernes, 9 de abril de 2010

El balcón de la vida.

“La energía es energía; no existe energía mala; solamente existe energía bien o mal dirigida. En una persona sana, la energía atraviesa libremente por nuestro cuerpo físico, fluyendo por “caminos”: chakras, meridianos energéticos y nadis. También rodea al campo energético, al cual denominamos aura. Esa fuerza energética nutre nuestros órganos y células y regula las funciones vitales; cuando se bloquea esa energía y se interrumpe la circulación de esa energía, ocurre una disfunción en los órganos y tejidos de nuestro cuerpo”. ( REIKI Universal, Johnny De' Carli)


“Qué tremendamente aburrida es la enfermedad y cuánto le ocupa a uno la cabeza al mismo tiempo”.(TOKIO YA NO NOS QUIERE, Ray Loriga)

* * *

El plenilunio más bello estuvo en alta mar, la luna suspendida en una noche completa, donde el horizonte marino se había difuminado y la nave sólo la tenía a ella como referencia. Tan real y sorprendente.

Los ojos que la contemplaban, estos mismos ojos, desde el balcón donde está comenzando la vida y las ventanas se abren siempre. Tal vez entonces, asombro con hache, porque el asombro de la infancia tiene más letras y menos inconvenientes en mostrarse, acentuando las exclamaciones, apresurando las preguntas, como un tren de cien vagones que corre hacia todas las respuestas.

Y contar estrellas había sido una ardua e imposible tarea, tantas en el hemisferio boca abajo, tantas como las luciérnagas, conquistando un territorio en penumbra de las noches de los estíos, mientras las conversaciones de los mayores y el lejano sonido de las olas sobre la playa, modelaban el silencio del jardín.

Siete jornadas de océano inmenso, presintiendo la tierra y dudando, no obstante, de encontrarla otra vez. Las clases de historia, el descubrimiento: qué raros se sentirían aquellos hombres ante la inseguridad de hallarla, cuando los mapas eran una idea descabellada y el afán de nuevas conquistas.

Las luciérnagas y la playa estaban atrás, la otra orilla comenzaba a ser certeza sin haber abandonado aún el verano, que terminaría en un invierno inesperado.

¡Qué relojes tan absurdos, sostenidos al eje del Planeta!

¿Y en qué se sostiene el Planeta, cuando mira hacia esa luna enorme suspendida en el interior de la noche?

Desde el balcón del barco, el muelle, al que el invierno había llegado antes de que hubiésemos despedido la estación veraniega.

* * *

“Cuando el cielo se oscureció y aunque no eran más que nubes, tuve la sensación de que todo se terminaba y la sensación de haber sentido lo mismo un millón de veces antes”.(TOKIO YA NO NOS QUIERE, Ray Loriga)

jueves, 8 de abril de 2010

De cuento en cuento y tiro porque me toca.



“Cuando alguien te mira y mira también las cosas que tú miras, desaparece el terror de las cosas imaginadas”. (TOKIO YA NO NOS QUIERE, Ray Loriga)


 * * *

Sin embargo, cuando en el interior de la noche lo real rompe un hechizo, quiero imaginar que todo puede ser mejor. Las agujas de un hipotético cronómetro, que tiene agujas de coser segundo a segundo la prisa, dan vueltas como locas, mientras busco la próxima reencarnación del cuento de hadas progresistas. El famoso príncipe que, como todos sabemos, había sido un sapo hasta que alguien hizo de tripas corazón y lo besó, dicen las malas lenguas que se ha convertido en juez de líneas curvas y ha convencido al lobo soplón de que su verdadera vocación son los negocios inmobiliarios. No es nada extraño que los tres cerditos hayan llegado a un acuerdo con él. Van a comprarle una vivienda con jardín y piscina, en la urbanización que el lobo está construyendo. La casa de al lado la compraron Caperucita y su abuelita, el lobo de su cuento es socio de la constructora. De la Sirenita nadie dice nada, mira al mar como siempre, sentada sobre su roca. Cenicienta se divorció, dejó de usar zapatos de cristal y se compró una moto, que nunca se le convierte en calabaza y en la que va a todas las concentraciones de moteros. Pulgarcito se hizo amigo íntimo de uno de los cerditos, lleva siempre puestas las botas de siete leguas y con ellas irá a la boda de su amigo. Éste conoció a una cerdita que no tenía cuento y se enamoró perdidamente.

La Bella, no la de la Bestia, que ésa no es tan bella, sino la Durmiente, se despertó, pero no fue con un beso, tuvo la mala suerte de que sonara el despertador de su vecino. Más tarde se lo encontró en el ascensor y, sin cortarse un pelo, le dijo que para despertarse no había nada mejor que los besos... No sé que pasó después porque el cuento todavía está empezando y yo me voy a dormir para soñar otro cuento con un poco de sentido y sensibilidad.

Chuik!!! (beso sonoro internáutico)
 
 





miércoles, 7 de abril de 2010

Ausencia del pez de los sueños.



“El destino de Cordelia es pues, y ya está claro, vivir y morir entre fantasmas. Que su espíritu pierda todo interés por esta causa depende de distracciones mayores. Las mujeres ya se sabe se distraen con casi nada y en eso, al menos, no es Cordelia una excepción, Si algo sé de Cordelia es lo que ya he aprendido entre otras hermosas jovencitas y por eso soy capaz de seguir vivo cuando aparenta distraerse”. (EL DESTINO DE CORDELIA, Ray Loriga)





* * *


Tictactictactictac... Junto a los relojes de arena el latido es distinto, como el eco de la noche vaciándose en la sombra estéril que sabe de la próxima aurora y su desmemoria. Porque tal vez sea cierto que el verdadero invento del demonio es el recuerdo. No obstante, antes de las primeras luces, ese túnel profundo sin imágenes se obstina en preparar el día hacia la tristeza.

La mano se detiene frente al acto, duda constantemente y finalmente opta por peinarle la cabellera a la rutina con la débil esperanza de que alguna de las sombras intuídas, tome la forma de un día diferente.

La taza de café no amenaza a nadie y aún así es sospechosa por su inapelable presencia en todo tiempo, quizá la única apariencia vital y tangible de continuidad. Y es, en esa hora en que se obvian noticieros, como si sujetar el café humeante fuese un augurio de otras mañanas tras otras noches menos desconsoladas y más aptas para la acción.

Y de esta forma, distraída en el despunte de la luz que surge inexorablemente, descorre la cortina del silencio y apila todas las túnicas de los fantasmas que la visitaron.

La mañana olvida a la noche y contempla la ausencia del pez de los sueños.









lunes, 5 de abril de 2010

Carrera con el viento.



“Las cosas son dueñas de los dueños de las cosas y yo no encuentro mi cara en el espejo. Hablo lo que no digo. Estoy, pero no soy. Y subo a un tren que me lleva adonde no voy, en un país exiliado de mí.” (LAS PALABRAS ANDANTES, Ventana sobre la nuca, de Eduardo Galeano)



“Una negación necesita de un muro, una afirmación apenas precisa un momento de debilidad.” (TRÍFERO, Ray Loriga)


* * *


No se puede decir que huyera de lo que de sobras sabía no podía huir, pese a ello, una fuerza proveniente de la rabia contenida, aceleraba su paso sin rumbo. Los dientes apretados, como si se mordiera el aliento agitado de tantas noches insomnes, iban desfigurando el rostro de la tarde y ya no le importaba si la exagerada prisa de sus pasos llamaban la atención.

El viento, aquellos días en constante conspiración con su cabello y el sentido de su camino, cruzaba las calles empujando prepotente, tratando de impedirle seguir, como una prohibición de origen diabólico.

Contra la mala disposición de los elementos y porque los elementos no juegan sólo en una dirección o sentido concreto, pues no disponen de la facilidad de un cañón, una pistola o una ballesta, esa persecución violenta del aire airado, rompió la gruesa muralla de nubarrones. La nitidez del cielo se abrió paso y sintió que, con ese gesto generoso, el terrible dolor de cabeza cedía, los músculos se descontraían y podía poco a poco aminorar la celeridad de su marcha.

En el bolsillo del abrigo sonó su móvil.

La pantalla mencionaba el nombre que no esperaba.

Reposados en el sedimento de tormenta que aún partía el cielo en calma y amenaza, dos espléndidos arco iris, marcaban una metáfora de doble oportunidad, o de belleza que insiste en mostrarse burlando el mal.

Y el lastre desapareció durante un tiempo.
 



sábado, 3 de abril de 2010

Los relojes de arena del desierto nocturno.




Me imagino dejando que pasen las horas sentado en la misma cama. Mirando la televisión sin mover un dedo, sólo por curiosidad de saber qué hace el tiempo con uno cuando uno no hace nada con el tiempo.


Ella es un ejército y yo soy un hombre desarmado.

El ruido de mi miedo es como siempre demasiado grande y por eso no la escucho.

¿No es, en medio del amor, el amor mismo lo que uno más teme?.

Cuando uno está en Tokio, Tokio está por todas partes.


(TOKIO YA NO NOS QUIERE, Ray Loriga)


* * *


Una, en una inmensa causa, vivir siempre es una causa demasiado grande, sola, con la noche extendida entre todos los puntos cardinales y sin lograr ver la esfera de la brújula, que se supone debe de estar en alguna parte de este desconcierto.
 
Hay momentos en los que dentro de ese profundo silencio, el suelo parece descomponerse y desintegrarse, como peldaños de una frágil escalera que se rompe. Y todo cae hacia un lugar indeterninado, desde donde parece que nada volverá a elevarse.
 
Dar con el "power" del audio y conectar con la melodía que salvó el último naufragio de todos los dioses, hilos conductores entre la debilidad solitaria con ese escenario que es el mundo. Deja de doler tanto, el efecto analgésico de la voz, como si la voz perteneciera a un estrato espiritual más elevado. Y la respiración vuelve a un ritmo menos trágico, las trincheras palpitantes de la nuca deponen sus armas.
 
Y por último, el humo delirante del cigarrillo y el recuerdo que se ata y desata, rito absolutamente necesario para que no se diluya nunca.
 
 
 

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