jueves, 9 de septiembre de 2010

SIN DIARIO XXXVI


Paralelas que conforman la avenida iluminada. Asomarse a una ciudad anterior y ver la ciudad que es hoy.

Entre las calles, una realidad y una ficción.

Dar con los nudillos de todo ese tiempo en cada ventana y mostrarle al callado firmamento el fantasma de los nombres inventados, de los nombres que nunca han sido sino renglones de soledad entretenida en preciados tejidos. Y en esa red, pila bautismal, capturar exóticos peces, hoy realidades de nombres en ciernes.

Neón tras neón, discurso vertiginoso de la geometría nocturna, como ángeles custodios sobre el entramado de su incesante actividad. Y después, despertando sueños, la percusión del alba vidrio a vidrio, segmento a segmento y en los rincones que aguardan un fragmento de la melodía.






martes, 7 de septiembre de 2010

SIN DIARIO XXXV


Primer peldaño, descenso.

El día alargó su brazo en mecánicos movimientos, respuestas automáticas, los habituales gestos tantas veces repetidos que se ejecutan sin pensar.

El niño duerme y Amanda fuma un cigarrillo a solas en la terraza.

El teléfono suena a las 22h, Alberto llama desde Londres. Está cansado, el día ha sido agotador. Y Amanda puede imaginárselo ciertamente agotador. La cama del hotel revuelta. Ella en la ducha. O quizás él llame desde el hall y ella esté arreglándose en la habitación. Durante un instante, juega con la tentación de arruinarle el viaje, decirle que los ha visto y sabe que no está solo en Londres. Sin embargo, deja que hable y ante la imposibilidad de contestarle con naturalidad, le dice que no se encuentra bien, que se acostará enseguida, el niño está bien, ha disfrutado mucho con los abuelos y ha preguntado por él antes de dormirse.

Cuelgan y entre los hilos, sobre los que se trasladan las palabras, anida el eco falso.

Amanda contempla la casa, pasea y vuelve a sentarse. Piensa en muebles dejando huella de su tiempo, instalados para una vida, y en muebles bajo telas blancas a la espera de una decisión.

Recorre con su pensamiento los cajones que nunca se ordenan, cajones sin contenido definido, en los que se encuentra a veces una razón o una respuesta inesperada. Contenido inocente y contenido culpable.

Y regresa a los cuerpos en la distancia, a la piel de su marido bajo las caricias de esas otras manos.

Encuentra sin querer otras manos también sobre la piel que tuvo.

Segundo peldaño, descenso y sinceridad.

Es doloroso, no el dolor descargado a la orilla del mar, con aquella inocencia, es diferente.



sábado, 4 de septiembre de 2010

SIN DIARIO XXXIV

Diminuta equilibrista sobre la baranda de la terraza. Su lomo brilla. La mujer cubierta de insectos de adolescencia sensible.

Por qué nunca grita, estremeciéndose de asco, ante la visión de una cucaracha. Por qué se queda observando el brillo blanquecino sobre su lomo y la forma en movimiento.


Los adolescentes, pactaron con palabras y más besos. Las horas de la mañana se consumieron como los fuegos artificiales, estallaban luces y más luces de colores. El remordimiento por la clase perdida no hizo acto de presencia.

Prioridades del alma, escribió la niña, la noche siguiente, y la palabra amor hasta que llegó al final de la página. Y a pesar de creer que dibujar corazones era una cursilada insoportable, dibujó corazones de varios tamaños, como burbujas saliendo de la boca de los peces amantes, nadando hacia el borde del cuaderno.

Por la mañana entra en la cocina envuelta en su halo amoroso. Busca música romántica en la radio, canciones que hablen de su amor y se lo recuerden, lo repitan, lo cuenten a todas horas... No se da cuenta de cómo la miran sus padres y Raúl. Éste esconde la sonrisa en la taza de colacao. En un instante en que su hermana baja a la realidad cotidiana del desayuno en la cocina, le guiña un ojo y Amanda enrojece, despertando de su ensoñación.

La madre disimula y el padre refunfuña algo incomprensible, recuperando la emisora de las noticias.

En el pasillo, saliendo de casa, se cruza con su hermano y le dice, muy seria, con el dedo en alto, tú y yo tenemos que hablar. Raúl sonríe y le dice que se limpie el bigote. Amanda echa un vistazo rápido en el espejo de la entrada, una fina línea de chocolate sobre su labio superior, se limpia y levanta otra vez el dedo hacia su hermano antes de salir.

Baja las escaleras y sabe que falta algo. No ha sonado el teléfono, es eso.

Sube al autobús de forma diferente. Sin titubear se dirige al asiento junto a Vampi y ve que esconde algo rápidamente en el bolsillo de su abrigo.

Hoy no has llamado. ¿No me vas a dar un beso? Buenos días. ¿Aquí, delante de toda esta gente?

Se acerca y lo besa fugazmente.

Hoy no has llamado. Ya te dije que tuvieras cuidado con esos enfermos que llaman y no dicen nada. ¿Cómo sabes que no dice nada? Si dijera algo sabrías por qué llama. Eres tú, seguro que eres tú. ¿Qué soñaste esta noche, colecciono sueños? ¿Qué escondiste en el bolsillo antes de que me sentara? Parece que tenemos varias preguntas sin respuesta. Abre tu carpeta y apunta. Que apunte qué. Las preguntas que no nos hemos respondido y no tendremos tiempo de responder antes de que te bajes. ¿Estás hablando en serio? Claro. Venga, rápido, apunta y dime a qué hora nos vemos esta tarde.

Amanda abre su carpeta de anillas y anota. Vampi: qué soñaste. Amanda: qué escondiste. Cierra la carpeta.

Mi hermano se ríe de mí. Ese enano, por tu culpa. Se ha dado cuenta de todo. ¿De qué se ha dado cuenta? Apunta, Vampi, de qué se ha dado cuenta. Por cierto, por qué me llamas Vampi. Apunto, Vampi, por qué me llamas Vampi.

Lo besa rápidamente en los labios.

A las seis y media aquí mismo, en esta parada. ¿Puedes? Sí, hasta la tarde, corre. Y ella se baja.

Teresa está en la entrada del Instituto.

-¿Qué te pasó ayer? Por la tarde estuve a punto de llamar a tu casa, si no fuera porque mi padre estuvo potando toda la tarde, ese cerdo.

-Teresa, tía, es tu padre.

-Y un cerdo, tenías que verlo potar y quejarse, medio zombie.

-Hay que hacer algo, se va a enfermar.

-Ya está enfermo. No aguanto más a esos dos. Son mis padres, pero no los aguanto. ¿Me vas a decir que te pasó?

-Estuve con Vampi.

-Os habéis enrollado, lo sabía, si estás boba perdida.

-Luego te lo cuento, vamos a clase o nos la cargamos, que yo ya falté ayer.



Sobre el pavimento gris de la azotea, el aire cálido mezcla en una misma copa transparente el sentimiento puro y los sentimientos quebrados. Amanda se asoma y distingue las paralelas que conforman la avenida iluminada.
 
 

viernes, 3 de septiembre de 2010

SIN DIARIO XXXIII

Como una luz al fondo del abismo, continúa en su marco oscuro la luna. En ninguna de las azoteas circundantes está tendido el miedo de antaño, ni la torpeza de la mentira como sanadora inmediata.


Queda el espacio desnudo absorbiendo horizonte.


Querido diario: ayer estaba tan nerviosa que no podía escribir. Tardé mucho en dormirme y me hubiese gustado contar lo que había pasado, pero no podía. Sólo podía pensar, una y otra vez en todo lo ocurrido desde que subí al autobús por la mañana.

Soy otra. Si se lo digo a alguien va a pensar que estoy loca. No lo estoy, o sí, un poco, no loca de verdad, sólo... loca de una manera pasajera, o no. Quisiera seguir así siempre. Por favor, que no se me pase nunca...

En su pequeño oasis, el diario, la niña describe la mañana y el suceso que la ha transformado. Revive y marca la fecha de una frontera traspasada.

No vio a Vampi al subir al autobús. No tuvo tiempo de asustarse. La voz de él le susurró desde atrás, junto a su oído. Estoy aquí. Y Amanda supo que al girarse, empezaría algo que sólo había imaginado. En la mirada hubo un tácito acuerdo. Bajaron del autobús con los pasos de la rebelión.

Sé muchas cosas de ti. Eso no puede ser, sólo nos vemos en el autobús. Desde que nos encontramos en aquel bar, donde no bailabas con tus amigos. Y me mordiste la mano... No te hice daño, ¿verdad? No, pero tienes una forma un poco extraña de expresarte. Hace mucho tiempo los hombres besaban las manos de las mujeres. Sí, pero no las mordían. Lo estaban deseando, no se atrevían. Te lo imaginas, no lo sabes, no todos estarían deseando morder las manos que besaban. No estarían deseando morder todas las manos, sólo algunas manos. ¿Eres tú el que llama por las mañanas y no contesta? ¿Alguien llama por las mañanas a tu casa y no contesta? Sospecho que eres tú. Ten cuidado, los tipos que hacen esas cosas están chalados. Tú estás un poco chalado. Y te gusto.

Amanda lo mira y sonríe.

Te sientes muy seguro de ti mismo. ¿Tú no? No. Yo tampoco, es una apreciación errónea. ¿Entonces? Hago algunas cosas porque las siento así y otras porque cómo iba a llamar tú atención si no, entre tanto buitre. Buitres, ni más ni menos. Sí, esos pájaros que revolotean sobre las presas. Tú haces lo mismo. Ya, pero soy el buitre que te gusta. Lo ves, como eres un poco chulo.

Vampi la coge de la mano.

Vamos por aquí, hay una plaza. Lo sé, conozco la ciudad. ¿Te apetece ir a esa plaza? Sí. Tienes un hermano muy simpático. ¿Conoces a Raúl? Y Raúl conoce a mi hermana, están en la misma clase. Por eso sabes cosas de mí, mi hermanito es un bocazas. No, no lo es, es pequeño todavía. ¿No lo sabes? Le gusta mi hermana. ¿Ah, sí? Seguro que hay un montón de cosas que no sabes de tu hermano. No cuenta nada, Raúl también es un poco raro. Y un romántico, corta flores y se las lleva a mi hermana, ella sí me lo cuenta todo. ¿Por qué no bailabas aquel día? ¿Y tú? A mí me dolía un pie. Ya, botas nuevas. Te fijaste. Sí. ¿Nunca bailas? Algunas veces, ese día no me apetecía. Si hubiese estado bailando no habrías tenido la oportunidad de morderme la mano. Es verdad.

Llegan a la plaza.

¿Nos sentamos un rato? Vale.

Y antes de sentarse, Vampi la abraza y se besan. Aquel beso que a ojos de cualquiera parecería no terminar nunca, Amanda lo vive como un viaje a toda velocidad por un mundo extraño, donde todo gira hacia el centro de la tierra. Como si el límite de los dos cuerpos se hubiese diluído.

No se separan. Se miran y vuelven a besarse y luego permanecen abrazados un rato.

¿Nos sentamos? Estoy algo mareada.

Él se ríe.

No tiene gracia. Me río porque yo también estoy un poco mareado. Nunca me habían besado. No puedo decir lo mismo, puedo decir que nunca había sentido lo que sentí besándote, te besaría toda la mañana.

Ella se ríe.

Qué loco estás. Tú también estás un poco loca, es la única explicación para que estés aquí sentada y hayas permitido que un caníbal te besara. A lo mejor tienes razón. Ha sido muy extraño. ¿Qué? El beso, lo que he sentido. ¿Te gustó? ¿Tú que crees? Te gustó mucho. Sí.






domingo, 29 de agosto de 2010

SIN DIARIO XXXII

A la escala de sombra acude el sonido del cristal quebrándose. Las gotas de lluvia instaladas allí, como si formaran parte de la textura del vidrio. Y el oleaje repentino levantando enaguas blancas y tendiéndolas sobre las rocas. Todas las páginas blancas y todas las noches de puño y letra. Un sol flaco, lamiendo sin fuerza el pavimento. Una, dos, tres. Y de nuevo una, dos, tres. El nudo. La garganta, desfiladero de voz interrumpida. Los pies torpes, el falso equilibrio rodeando la playa y otra vez una, dos, tres. Sin continuidad. Tan herida la curva del paseo, tras los oscuros cristales insignia.



La consigna era pensar, y su tiempo, un tiempo destituido.

Amanda mete la ropa de segunda mano y la peluca en una bolsa de basura negra. Ata la bolsa, coge las llaves del coche alquilado y sale de la casa. Al cerrar la puerta, comprende que todo es distinto.

Tira la bolsa en un contenedor de camino hacia el coche.

Vuelve a sentir esa sacudida interior, que no pudo atender cuando se dirigía al aeropuerto, en el momento de ponerse sus gafas. Y sale del aparcamiento intentando oír el susurro apenas audible de ese llamado.

El tráfico es denso. No tiene excusa con que evadirse. Detenida en un semáforo, repite el gesto de las gafas mirándose en el espejo retrovisor.

Regresa el llanto. Regresa y la expulsa a la orilla opuesta del engaño. Sismo. Cuando la luz verde pone en marcha la procesión metálica, decide apartarse y buscar un sitio donde parar un rato.

"Querido diario: Vampi también me quiere".

¿Quiere a Alberto? Lo quiere. Aunque tal vez no lo haya mirado nunca como Alberto miraba a la chica que estaba con él. Y busca otra mirada desalojada.

Está tan confusa. Esa confusión es lo que la devuelve continuamente al llanto. Mira, sin remedio, lo que no había visto hasta esa mañana y comienza a entender. Duele. Duele, haberse estafado de esa forma.

Pero comenzar a saberse es comenzar. Decide afrontar las urgentes responsabilidades, entre las cuales está su hijo, y aferrar ese hilo verdadero en cuanto pueda permitírselo.

Espera unos minutos más, distrayendo la mirada entre las personas que caminan por la calle, los locales comerciales y bares y, más tranquila, reanuda la marcha.

Devuelve el coche, paga en efectivo y coge un taxi hasta su casa. Allí coge su coche y conduce hacia la casa de sus suegros. La esperan para comer.



 
 

jueves, 26 de agosto de 2010

SIN DIARIO XXXI



Amanda es pelirroja y cuando entró en el servicio del aeropuerto, se hubiese bautizado con un nombre exótico, seguido de un número, como en las películas de espionaje. Se ha situado en un lugar desde el que divisa la entrada sin ser vista. Fuma. Mira el reloj.

En el espejo se ha visto y no se ha reconocido. Aunque la misma sensación extraña que acompaña a todo su plan, le puede estar jugando una mala pasada. Quizá no se reconozca en la acción y esto la induzca a no reconocer su aspecto físico.

Por los pasillos aumenta el volumen de gente, los tamaños de las maletas y sus variados colores. Fragmentos de frases, al pasar, en diferentes idiomas.

Ve a su marido bajando de un taxi en la puerta. No cierra de inmediato. Su cartera con el portátil, piensa, la ha dejado en el asiento y tiene que recogerla.

Una pierna larga asoma... Por encima, sobre las dos piernas ya, la chica rubia, joven, impecablemente vestida, muy guapa. Sonrisas.

Alberto entra en el aeropuerto con su "informe" cogido de la cintura y un rostro que no le había visto.

Está enamorado, pensó. Y sin miedo a derramar su propia sangre sobre el suelo, sigue observando, en busca de un convencimiento total y necesario.

Los pierde de vista, sin explicarse aún la capacidad de su marido para mantener un simulacro de normalidad, mientras, ha sido testigo de ello, en su pensamiento hay otra mujer.

Camina despacio hacia el parking. Entra en el coche con una edad inadecuada, una edad sin llanto propio. Y sin embargo llora. Es, por supuesto, el llanto de la derrota, pero también es un llanto sin reproche y no sabe por qué... No sabe por qué ha huido la rabia que debería sentir. Es la estafa lo que impulsa el llanto.

Seca sus lágrimas y sale del parking. No tiene tiempo de analizar lo que le está sucediendo. Supone que es así cómo ha ido ocurriendo sin percibirlo, el tiempo y sus obligaciones, aplicando capas sucesivas de maquillaje que no se borran nunca del todo.

Conduce hasta su casa con el cansancio de una jornada cargada de trabajo. Imagina lo que está viviendo su marido con esa chica que le devuelve una ilusión renovada y siente envidia. De alguna forma, sin tomar plena conciencia de ello, le gustaría estar en el lugar de él y emocionarse. Sonreír como le vio sonreír a él, mirando a alguien. Piensa así y se sabe perdedora.

Envidia también la rabia, la furiosa reacción que la hubiera hecho, primero, bajar de la habitación del hotel con la caja y el bolígrafo de su amor clandestino en la mano. Y, segundo, quisiera que el dolor la hubiese disparado hacia la puerta y hacia la pareja entrando, haberse encarado con la traición en ese mismo instante.

Pero necesita tiempo para pensar.


Rojos, los zapatos sobre el enlosado gris salpicado de charcos lunares y la barandilla trazando una escala de sombra.
 

miércoles, 25 de agosto de 2010

SIN DIARIO XXX


En una cripta de espuma, estampadas las almas. Algo se deshoja desde la cabalgadura blanca y prende sus semillas en peldaños descendentes. La visión sube el volúmen de los gritos sometidos.


Y ese tal vez, vertido como leve soplo en el cuello de la madrugada desvelada, empeña toda su herencia en las borrosas notas sobre servilletas de papel. Un sí y un no, o quizás dos.

Luego ascienden aliento y beso perdido, remontan la recta perfilada en la lejanía y retornan a sus piruetas sobre la barandilla.

A la oscuridad se une el engarce atónito de pensamientos.

El código irrespetuoso en las cuadrículas de la torpe grafía. El vaho. El vaso roto y el borde sanguinolento.

De la altura, a veces, se descuelgan los desvencijados otoños desprovistos de ramas donde albergar trinos. En cambio, metal triste y mensajes mudos.

Si al final del último trago le puso el estío una sonrisa y el olvido de las cicatrices, viene con su espanto la lágrima congelada en su minúscula caja de nácar.

Cuánto círculo concéntrico. Cuánta espiral en el humo.

A los cerrojos, ataduras de metáforas y un firme silencio caminante de arterias hartas de voces engañosas.

En ese espacio, sin embargo, todo está abierto. Si el vuelo está varado es a causa de la inversión de los relojes. El tic tac inaudible en los dígitos. La cuenta atrás remembranza y esos muelles atestados de mercadería abandonada.

Simplemente una excusa y ya se han vestido las cumbres de nieve, en un mientras tanto prolongado. Como las macetas que sólo guardan raíces secas en el interior de tierra abrasada.

Nudillos que nunca golpearon en la puerta acertada, encienden sus lámparas de medianoche y buscan en el cofre de las alianzas rotas su sortilegio. La palabra tan sencilla, la desnudez de una hoja. Almanaques siempre, hoy inútiles artilugios, ábacos de los días desiertos y cortinajes espesos.

Tanto suelo bajo la bóveda sin esperanza de ser recorrido.

Porque el sentido y la dirección es única, las oraciones usan sus máscaras, como aguardan los posos de café su lectura.

Es, sobre la explanada elevada, un despropósito tan distino y tan alejado de las coordenadas del mundo al otro lado. Un despropósito, posiblemente, sin propósito alguno salvo la verdadera vida.

Así, sin imágenes esclarecedoras que alcen la estirpe de otras palabras huérfanas, la azotea toma forma y acoge con extraño lenguaje de penumbras y reflejos el significado de toda espera.
 


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