domingo, 18 de julio de 2010

SIN DIARIO VIII


Amanda se piensa en la sensación rescatada, como si hubiese salvado a un niño de un incendio. El suelo de la terraza quema los tacones y los pasos no dados, el calor aplasta contra el cielo cualquier sospecha de muerte . Una mano roza otra mano y de pronto los dientes del pasado hacen vibrar las botas sobre los vaqueros. Una fuerza oculta, tal vez en el centro de la tierra, horada suavemente las suelas, cuando a la luna le nace aquella profunda mirada de la noche. Desde algún sitio acude la proposición: caminemos sobre la luna. Y el reloj sólo espera el beso.


Porque la noche de aquel viernes que agotaba el verano, Amanda, extendida sobre su cama discutía dulcemente consigo misma el desorden sufrido. Suma y resta se equilibraban en el desequilibrio de sus emociones. Los dedos de aquella mano y la mirada. Su mano entre los dientes de la silenciosa arrogancia. Y sus defensas, su chaleco antibalas, su látigo verbal, su virtuosidad en la huida, todas sus excusas, sin ella, suspendida de los desconocidos ojos, que la habían dejado en la vigilia, en un pasadizo secreto hasta entonces.

-No puede ser que sólo eso te haya dejado tan colgada de ese tipo.

Teresa, con su lógica, abría una brecha inútil en una realidad que ya no le pertenecía. Sólo eso era un millón de alfileres clavándose de arriba a abajo en todo su cuerpo y un enigmático código, capaz de eludir durante minutos eternos la palabra, trasladándola al sitio que prescinde de todo entorno y almacena la huella imborrable.


viernes, 16 de julio de 2010

SIN DIARIO VII


We could live together, walking on, walking on the moon... Amanda esperaba a Teresa y la canción volvía a sonar, como si se hubiera impreso en el aire. La soltaba de sus amarras un bar cercano. Teresa apareció doblando la esquina y le hacía señas con la mano en alto. Amanda caminó hacia ella.


-Vamos, suéltalo ya Doña Misterios. ¿Qué es eso tan importante?


-Entremos en algún sitio. ¿Conoces algún lugar por aquí que no huela a calamares fritos?


-¡Caray! Qué delicada. ¿Es que tu secreto no se lleva bien con la gastronomía típica?


La terraza de Amanda gira alrededor de la luna, gira incluso alrededor de su cara oculta, iluminando los recodos de la espera. Una luna adulta con el aspecto juvenil de otro verano.


El rostro de Teresa va adquiriendo seriedad sobre el espejo. Amanda la ve sorprendida. Toda la cafetería tiene las paredes empapeladas en rojo y varios espejos simulam una amplitud inexistente. La pretensión de crear un ambiente acogedor, supone Amanda, ha logrado un collage extraño. La luz ámbar de los apliques de la pared, deja fuera de lugar a los dos señores mayores que juegan a las cartas en la mesa del fondo.


Se lo ha contado todo. Casi todo.




lunes, 12 de julio de 2010

SIN DIARIO VI


En la terraza de la casa de Amanda en Madrid, la espera. Jorge estaría dando vueltas en busca de un aparcamiento. Y ese instante, paralizado en las yemas de los dedos palpando la espesura cálida de un verano, presentándose presente y volcándose en el regazo de la maternal remembranza. Tanto espacio de tiempo ondeando en una azotea, sobre la que reposan en su abandono los tacones del hoy, asomándose al hace tiempo de mocasines y libros. Escudo aferrado con los dos brazos, aún sin haber practicado el nudo de la emoción más intensa con el otro, aún en el acostumbrado lazo de los afectos paternales. Los brazos que esa noche descansan del sobrepeso de la responsabilidad y los contratiempos, acunando el pensamiento y el recuerdo más bello.


La situación empujaba a Amanda hacia el centro de lo olvidado dentro de la caja de música del latido. Esperanza de una posibilidad, pálpito sobre las trémulas luces de la ciudad reencontrada junto a su piel de otro tiempo.

Había llegado jadeante a la clase de matemáticas y se había perdido sobre los folios garabateados. El autobús y el perfil de él, aprisionado entre otros cuerpos ajenos, pasaba una y otra vez distrayendo la atención de Amanda que volvería a suspender la asignatura.

Por la noche la llamó Teresa. Le contó un millón de cosas de sus discusiones con su padre, de lo pesada que estaba su madre con el aspecto de su habitación, de la pelea que había tenido con Leo, de la falda que le había hecho su madre y cómo esa misma noche le subiría el dobladillo cuando todos se hubieran dormido.


Ella sólo le dijo, antes de despedirse, que tenían que verse al día siguiente, sin falta. Tenía que hablarle de algo muy importante. Teresa se burló. Le preguntó si quería que le volviera a prestar el disco de Tequila.



SIN DIARIO V


“Y bailan bien, algunos con verdadero entusiasmo. No entusiasmo contagioso pero entusiasmo al fin y al cabo, y por más que algunas chicas y algunos chicos muy guapos vienen a animarme, la verdad es que no me animo, porque sea lo que sea lo que tenga que venir y lo que haya pasado antes, una cosa es segura, la muerte no me encontrará bailando”. (TOKIO YA NO NOS QUIERE, Ray Loriga)



Aquella había sido la canción. El pub estaba repleto de gente bebiendo y bailando.

Amanda se miró en el espejo del baño mientras secaba su melena con una toalla. Pensó que estaría horrible si él la había visto al pasar, con el pelo completamene mojado y pegado a la cara.

Era ésa la canción, la que sonaba en la radio de la cocina.

No había mucha luz y cada ciertos segundos un relámpago rojo desdibujaba los rostros de los que, como ella, apoyaban la espalda en la pared y observaban a los que bailaban en el centro del local. Había buscado el rincón que le pareció más protegido y Teresa se había acercado un par de veces a decirle que no se amuermara, que bailara con ellos. Ella estaba bien, no se amuermaba, le gustaba estar ahí, viendo las los movimientos de los que bailaban, escuchar las canciones, el juego de luces dando sombras y color intermitentemente, dejar volar sus pensamientos al ritmo de la música...

Cuando volvió a casa, estuvo mucho tiempo tumbada en la cama, con la lámpara de la mesilla encendida mirando al techo, no leyó, sólo pensó y pensó y se imaginó de mil formas diciendo mil cosas. A la mañana siguiente había amanecido muy soleado, todo brillaba, nada presagiaba un gris como el que hoy sujetaba al día con tenacidad.

Miró su reloj de pulsera y oyó la voz de su madre desde la cocina, le advertía que no llegaría ni siquiera a la segunda hora de clase y ésa era la clase de matemáticas. La asignatura que peor llevaba. Tenía que darse prisa y prescindir de usar el secador.

Cogió los libros de encima de su cama y corrió por el pasillo. Desde la entrada, antes de cerrar la puerta avisó en voz alta que se iba, su madre le volvió a decir que se diera prisa, a las 9:30h pasaría otro autobús.

Bajó las escaleras tarateando la canción y bailando en los descansillos.

Aún llovía. Con la mansedumbre que deja haber soltado toda la rabia, como si no hubiese intención de mojar.







¡¡ENHORABUENA A TODOS!!


Y el sueño, al menos éste, se hizo realidad. España ha ganado el MUNDIAL DE FÚTBOL 2010.

¡¡FELICIDADES!!

(¿salió el genio de la botella o el conejo de la chistera?)


domingo, 11 de julio de 2010

SIN DIARIO IV


Amanda siente que todas sus vértebras se sueltan y por primera vez, desde hace meses, afloja la tensión. Está sentada en una de las sillas de madera en su terraza y espera a Jorge. Ha olvidado todo lo escrito hasta ahora y siente el ficticio alivio que le proporciona el despejado firmamento, frente al calor extremo de Madrid. Ha puesto sobre la mesa la botella de cava que compró y dos copas. Mira hacia las luces que recorren el horizonte.

De pronto sus ojos se detienen en la luna, no había reparado hasta ese momento que estaban en plenilunio, la posición estratégica de la Diosa está ahora a su alcance. Suelta sus pies de los zapatos y los apoya en la silla que tiene enfrente.

La fina película del aire templado roza su rostro en un amago de brisa.

Llueve, llueve torrencialmente. Ha cruzado la calle con mucha dificultad, sorteando misteriosos ríos formados sobre la calzada y en la parada del autobús es casi imposible refugiarse, no hay marquesina y bajo el saliente del edificio hay ya demasiadas personas intentando cubrirse. El autobús pasa de largo, va demasiado lleno. Llegará tarde inevitablemente y el recorrido ya no tendrá sentido. Se descubre completamente empapada, el cabello, los vaqueros y los mocasines chorrean. Ha protegido los libros bajo el chaquetón y tiene la sensación de llevar entre ellos y su pecho la angustia de haberle visto en el interior del autobús que la ha dejado desamparada, esperando al siguiente, como si el siguiente la fuese a llevar al lugar a donde ella iba.


Decide cruzar otra vez esa misteriosa confluencia de arroyos y volver a su casa a ponerse ropa seca. Tendrá que ir al Instituto de todos modos.

Cuando su madre le pregunta quién es por el telefonillo del portero automático siente deseos de decir nadie, porque de repente algo en su interior se ha vaciado y fue arrastrado por el agua de la calzada, y ella es la sombra que falta en el autobús que se ha ido llevándoselo.


 

sábado, 10 de julio de 2010

SIN DIARIO III




"Las mujeres son a menudo una razón en el teatro de cartón de la escritura de los hombres. Con frecuencia se les regala la forma de las princesas y se las condena a esa forma. Luego se inventa otro nombre para poder por fin alejarse de ellas. Decir que algo ya ha pasado es tan arbitrario como pensar que el tiempo vivido nos abandona.


Olvidar, y eso está científicamente demostrado, es imposible en la salud. Todas las formas de olvido son ya marcas registradas por la enfermedad. Para arrancar una corona, hay que cortar la cabeza de una reina". (SOMBRERO Y MISSISSIPPI, Ray Loriga)


Ahora no hay nadie. Sólo Ron está en la casa. Aunque parece no advertir mi presencia. En realidad nadie advertiría mi presencia, al entrar quise mirarme en el espejo del hall y no había reflejo alguno de mi forma. Sé que podría traspasarlo y llegar al otro lado, justo a ese lugar al que ni Amanda ni su hermano Raúl son, ahora, capaces de llegar.

He venido convocado por Amanda y sus garabatos en el cuaderno, junto a una serie de vocablos que, inconscientemente, me han gestado.

Hay más, es decir, estoy aquí por otras razones o sinrazones anidadas en los rincones de esta casa, en la maleta de Amanda, en sus cuadernos aparentemente inocentes, en la tragedia vivida por Raúl, en el callado mundo que antecede a las circunstancias actuales...

No siempre son palabras deshilachadas, algunas frases dispersas y a simple vista sin coherencia con otras, aguardan esos puentes uniendo las riberas de un cauce que podría desbordarse con las próximas lluvias.


Amanda imaginó muchas veces el infierno de Raúl, el momento dramático en que el abismo y el vacío son lo mismo, atrayendo, subyugando, mostrando la puerta falsa por la que se puede salir de la deseperación y el dolor. En alguna página de alguno de sus cuadernos escribió algo al respecto, e incluso llegó a imaginarse a ella misma sucumbiendo a la tentación de un final definitivo.

Mi átipica forma, indescifrable sobre el azogue, en oposición a la cualidad de traspasarlo y cambiar de dimensión, me proporciona otras capacidades y todas vinculadas a la desproporcionada intención de Amanda de relatarlo todo o casi todo en sus libretas, amontonadas luego sin objetivo alguno.

Y una de las cualidades que me son propias a este lado del espejo, me ha permitido deshacer una contienda consigo misma, en la que se contaba en una de esas irreparables situaciones, sólo remediables mediante el olvido, como algo que se sumerge en el agua, ocultándolo a la vista. De esa parte sumergida, le rescato lo que sigue, algo inconexo, y una cita en la ciudad de la que partió, sin la seguridad de un retorno y con el apremio que impone un acercamiento de la muerte.


“La única venganza es el reloj roto, mi amor. Lo que podría ser una calavera encima de tu mesa, mi querido 'Shakespeare enamorado', muerde el aliento de tu letra”.

Mis dotes premonitorias me dicen que en ésto, sin saberlo, como si alguien se lo hubiese dictado, Amanda se ha anticipado con su escritura y cuenta lo que aún no ha sucedido, ni en su realidad ni en sus bocetos de ficción.

Y ahora, en este momento, mientras la casa sigue en el silencio de todas las ausencias y los cuadernos reposan sus pequeñas ambiciones, voy a traspasar la lámina que no me repite y a recoger el sentimiento sumergido. Porque todo continúa...



ME GUSTA

Seguidores

"Te podría contar..."




Archivo del blog