lunes, 15 de julio de 2024

UNA ESPESA NIEBLA

copete

Caminaba con mi carpeta bajo el brazo, iba de regreso a casa. Para que el camino no me resultara tan largo, atravesé el callejón de las culebras. Era un pasadizo entre dos edificios, pero por supuesto no había culebras. Contaban que antiguamente, cuando aquello era todo baldío, en esa zona se habían visto varias veces culebras. Decían, además, que una había matado a un hombre, al parecer eran venenosas. Pero a mí el callejón de las culebras no me daba miedo. Por allí se llegaba antes a la playa.

Ese día una espesa niebla subía desde el mar y llegaba hasta el final del callejón de las culebras. La gente caminaba atravesando la niebla, parecían espíritus vagabundos. Al pensarlo se me erizó el vello. No estaba preparada para encontrarme con fantasmas.


De pronto sentí algo enredado en mi tobillo, estaba en la mitad del callejón de las culebras. Era verano llevaba sandalias y unos pantalones muy finos que me tapaban un poco el pie, por eso no me veía el tobillo. Tiré de la pernera del pantalón y dejé el tobillo al descubierto. Buah!! Dos babosas gelatinosas se perseguían alrededor de mi tobillo con su típica lentitud y sus rastros de babas sobre mi piel. Quería sacarlas, pero tocar aquellos dos bichos me daba mucho asco. Sacudí la pierna pero los bichos no se desprendían, al contrario, se aferraron más. Abrí la carpeta y arranqué una hoja del cuaderno que llevaba. Con la hoja de la libreta me saqué las babosas. Después busqué un kleenex en mi bolso para limpiarme la huella de las babosas.


La niebla avanzaba desde el final del callejón de las culebras y casi me alcanzaba, decidí plantarle cara y avanzar a tientas. Así, infiltrada en la espesura de ese humo mojado, yo también parecía un espectro. Empecé a sentirme inquieta, aunque en el fondo sabía que la niebla iba a bajar de un momento a otro. Mi pretensión de pasear un poco antes de subir al autobús se estaba poniendo difícil. En el tobillo aún persistía la sensación que me habían dejado las babosas, era una sensación fantasma, como cuando  duele una pierna que falta.


Una niña de unos siete años comenzó a caminar a mi lado. No supe de dónde venía miré hacia atrás pero no vi nada solo la niebla y algunas formas moviéndose a lo lejos. La niña me sonrío y me miró con unos ojos azules casi blancos. Aquella mirada provocó mis lágrimas, como si fuera mi miedo infantil encarnado. Me dio una mano fría con otra sonrisa. Dijo: "por allí", indicándome las escaleras que bajaban a la playa. "Tu papá está allí", dijo.  Mi padre había muerto cuando yo tenía veinte años. Mis lágrimas ya no caían.


La niña me llevo de la mano hasta la orilla. El paseo marítimo estaba borrado por la niebla, solo se veían las pequeñas olas de una marea baja. Al pisar el agua la niña desapareció, como si se la hubiera tragado la bruma. Sobre el mar aparecieron algunos claros, las rocas se tornaron visibles. Sobre ellas la imagen de mi padre. Mi corazón latía veloz. Sin acercarse me habló: "estoy bien". La niebla lo cubrió y lo llevó con ella. Poco a poco la playa fue visible.


Mis pasos volvieron hacia las escaleras. Algo automático me obligaba a caminar hacia la parada del autobús. Estaba contenta pero no sabía qué pensar de lo ocurrido. No se lo conté a nadie, temí que me tomaran por una desquiciada.


miércoles, 10 de julio de 2024

QUIZÁS MAÑANA

"La frivolidad es el hermano pequeño

y desprestigiado del sentido del humor."

Milena Busquets


Marisa tiene setenta y cinco años y todavía escribe a diario. Piensa que este puede ser su último libro. Quiere que la invada la nostalgia, quiere recordar, que su juventud se haga presente y hablen todas aquellas voces. Y piensa en su juventud porque en su madurez no hay nada destacable. Sigue siendo una solterona, nunca se atrevió a alargar demasiado una relación.

Los recuerdos la asaltan  en ocasiones y ríe divertida. Ni uno solo de los hombres que hubo en su vida merece estar en su ahora. Nadie más que ella es responsable. Tampoco había conocido los celos, no había habido muchos hombres a lo largo de su existencia, pero lo que jamás toleró fue un hombre celoso. En cambio, su amiga Maruja, una de las del trío tres M., lidió varios años con el hombre más estúpido que habían conocido. El trío de las tres M lo completaba Marisol. Ni Marisol ni ella podían comprender la relación que existió entre ese hombre tan estúpido y Maruja.

El susodicho se llamaba Antonio. Era alto y tenía los ojos azules. Maruja no podía pintarse ni usar vestidos por encima de la rodilla ni quedar a solas con sus amigas... Las ideas y pensamientos de Maruja estaban secuestrados por Antonio. Él era un inepto y muy bruto. Se entretenía solamente viendo partidos de fútbol y películas del Oeste, era fan absoluto de John Wayne. Otra de las cosas que él creía que le pertenecían era la mirada de Maruja. Le molestaba que indagara en Internet vidas de escritores y famosos en general. Sentía celos hasta de las lecturas que hacía Maruja.

Marisa y Marisol dejaron de verla, hasta que un día las llamó y apareció con un ojo morado. Era fácil  deducir lo que sucedía. Aquel bruto pasó a la historia y Maruja volvió a formar parte del trío de las tres M. Le costó un tiempo volver a ser la misma de antes, aunque Marisa pensaba que nunca lo logró del todo. No es fácil recuperarse del maltrato y el secuestro.

Marisa se preparó un té en la cocina, mirando por la ventana. Ya estaba atardeciendo. Era la hora de la nostalgia.

Tenía veinticuatro años cuando conoció a Alejandro. Él también tenía veinticuatro años. Era poeta. Y ella lo decía llena de orgullo. Su madre le advertía del fatal destino que le esperaba si seguía adelante con esa relación. Era tan joven y tan feliz mientras escuchaba a  Alejandro, hablándole de poetas y poemas. No comprendía las advertencias de su madre, no había para ella nada más bello que la poesía y la mirada de Alejandro. Un problema familiar se llevó a Alejandro al sur del país. Siguieron en contacto pero ella ya había escrito su primera novela y los compromisos la abrumaban. Por supuesto, echaba de menos a Alejandro, a pesar de eso la vida la arrastró y cada vez se distanciaron más. Ahora estaba llegando al final del primer capítulo de quizás su última novela y recordaba con cariño.

Marisol y pecholobo escribió Marisa. Se asomó a la ventana y respiró el frescor de los árboles. Pecholobo pertenecía al presente, Marisol era la única de las tres que conservaba la pareja de toda la vida. Ya no era pecholobo, ese apelativo se lo había puesto Maruja, porque él solía vestir camisas abiertas hasta el final del tórax. Llevaba también una cadena de oro de la que colgaba una cruz. Escribía y lo hacía bien. Marisol se enamoró de sus escritos y después se enamoró de él. Un día le dijo: "me has traído la soledad, yo no sabía lo que era estar solo y ahora sé que estar solo es estar sin ti". Aquello lo celebraron las tres, pecholobo pasó a ser definitivamente un buen descubrimiento. Ellas compartieron con él muchas cosas y él las adoraba. Esa relación que existió entre ellos sigue manteniéndose en el presente. Es por eso que tanto Maruja como Marisa siguen creyendo que el amor es posible.

Marisa se levantó y encendió la lámpara. La hora de la nostalgia daba paso a la hora de la lectura. Quizás mañana surja entre sus páginas su verdadero amor.


viernes, 5 de julio de 2024

DÉCIMO PISO

 

De pronto los viandantes la amenazaban con una mirada torva... Sólo eran las 8 de la noche, la oscuridad ya había hecho que la ciudad se desdibujara y las farolas no alumbraban demasiado. Cruzó a la otra acera, la parada del autobús estaba a unos cien metros. La gente en la calle parecía enfadada, como si fueran a cometer algún delito en cualquier momento. La miraban de arriba abajo. No había luces en las ventanas. Sentía que aquella ciudad se había convertido en un lugar peligroso. Por qué había ido allí? Era una pregunta que no necesitaba una respuesta inmediata, el temor que sentía lo ocupaba todo. Tal vez en casa o en el trayecto del autobús.

Daba largas zancadas a paso ligero. Llevaba unas cómodas zapatillas deportivas para andar el camino. Sintió dolor en la mandíbula, comprendió que estaba apretando los dientes. Alguien caminaba detrás de ella. Quería mirar pero el miedo le atenazaba los músculos del cuello. Se sentía fatigada y respiraba dificultosamente. Miraba al suelo tratando de evitar un tropiezo, parar en ese punto sería terrible. Los pasos detrás de ella estaban a punto de alcanzarla. Eran pasos anónimos y por eso intimidatorios. Le sudaban las manos y gotas muy pequeñas se repartían a lo largo de su columna vertebral.

Fiebre. La invadía un calor incómodo aunque el sudor era frío, se sentía mal y le parecía que la parada se alejaba. Cada vez le costaba más seguir caminando, los pasos seguían ahí, detrás de su miedo. Tengo que mirar, se dijo. Y lo vio. Un hombre y un misterio. Su imaginación comenzó a volar. Lo conocía. Mejor dicho sabía quién era. Vivía en el décimo piso. Hacía dos años que su mujer se había tirado por la ventana. Ella nunca lo entendió, hay que decir que normalmente los suicidios no se entienden. Pero había algo que la hacía sospechar. Todo lo que sabía de la mujer estaba muy lejos de llevar a pensar que ella decidiera su muerte.

El hombre le preguntó si tenía prisa, ella sin darse cuenta seguía caminando rápido. Pensaba qué haría cuando tuviera que atravesar el descampado que había entre la parada y su casa. Estaba nerviosa, lo saludó y le temblaba la voz. Tener que cruzar el baldío en compañía de aquel hombre la aterraba. Por fin le dijo que no, que no tenía prisa, que caminaba rápido para hacer ejercicio. Se dio cuenta que no sonaba convincente, aunque ya habían llegado a la parada del autobús. Tres personas esperaban. Pedro, el vecino del décimo, comenzó a hablarle de las reuniones vecinales. Ella no le oía, seguía pensando temerosa en el descampado.

Subió al autobús desentendiéndose completamente de su vecino y buscó un asiento. El hombre del décimo piso tuvo que quedarse de pie y así terminó el monólogo que mantenía. Ella,  decidida a esquivarlo, obvió lo que él pensara de ella. Le tenía miedo y punto. Preparó una excusa para no tener que cruzar el terreno baldío con él. Lo miró y le descubrió un gesto torcido. Eran las ocho y cuarto todavía podía comprar pan y esa sería su excusa.

Esa noche tuvo pesadillas, se despertó sudorosa varias veces en la noche. La casa ya era antigua, apenas tenía contacto con los vecinos, pero sabía que todos habían rumoreado cuando la vecina del décimo se tiró por la ventana. Hacía mucho que pensaba en marcharse. Y esa noche decidió poner su idea en práctica. Se mudó a otro barrio y nunca más coincidió con Pedro. 


viernes, 28 de junio de 2024

ME TOCA A MI


La noche está solitaria como nunca. Más oscura, más silenciosa, alguien baja una persiana y la deja caer. Me la imagino a pedazos en el fondo del patio. No puedo dormir. Me doy cuenta de que no quiero que duerma nadie. Lo sé, es una actitud egoísta. No quiero estar sola en mitad de la noche. Ya he pensado varias veces en todo lo que tengo que hacer mañana. Me aburre usar esa estrategia para esquivar a los monstruos nocturnos.

Casi se incendia la casa, un descuido, un olvido. Como las cosas que pasan cuando se acaba el amor. Me di cuenta a tiempo. Retiré la olla del fuego y juré que nunca más iba a cocinar con insomnio. En cambio el insomnio le va bien al amor. Se te ocurren infinidad de soluciones para el amor en la madrugada. Y puedes pensar sin miedo a que se te queme algo. Aunque el amor a veces es una catástrofe, de pronto me vienen a la cabeza todas las mujeres maltratadas. Amor? Cuando el otro hace daño con saña no hay amor en ninguna parte. Esta es una mala época para el amor. Hay incluso amores con inteligencia artificial. Y muchos, muchísimos, sin ninguna inteligencia.

Algunas noches, aunque para mí el amor no existe, estoy a punto de pedir socorro. Paso demasiadas noches en blanco. Sufro. Mientras el edificio duerme yo sufro.

Cuatro de la madrugada, el reloj es un asesino del tiempo. Algunas veces rezo, es una costumbre que tengo desde pequeña. No la he perdido y me calma. He perdido tantas cosas. Y lo que ya no se puede recuperar es el tiempo, hoy pasa con imprudencia.

Y qué me dicen de las polémicas mujeres maltratadoras. Son pocas, pero son y crueles. Hace muchos años me encontré con una y no me lo podía creer.

Me toca a mí pero odio esta noche tan oscura y tan poblada de fantasmas.

El dolor tampoco duerme. De pronto acude una arcada. Salgo corriendo hacia el baño. Vomito. Arde. Como si el demonio saliera del infierno. Qué haré con todo esto? La angustia hace cabalgar a mi corazón, galopa en el sinsentido de la penumbra.

Cinco de la madrugada. Hay un loco que pretende que me levante. Estoy tan cansada que me importa un pepino. El agotamiento me duerme.

Seis de la madrugada, las paredes discuten, no estoy de acuerdo con ninguna. Me doy cuenta de que he soñado algo terrorífico. Estaba sola en medio del desierto. Alguien me perseguía y yo no tenía zapatos. No sueño nunca, pero la noche es tan turbia que elaboró esas imágenes.

Mañana ya es hoy, la noche anémica ha cruzado la frontera.

La noche está solitaria como nunca. Más oscura, más silenciosa, alguien baja una persiana y la deja caer. Me la imagino a pedazos en el fondo del patio. No puedo dormir. Me doy cuenta de que no quiero que duerma nadie. Lo sé, es una actitud egoísta. No quiero estar sola en mitad de la noche. Ya he pensado varias veces en todo lo que tengo que hacer mañana. Me aburre usar esa estrategia para esquivar a los monstruos nocturnos.

Casi se incendia la casa, un descuido, un olvido. Como las cosas que pasan cuando se acaba el amor. Me di cuenta a tiempo. Retiré la olla del fuego y juré que nunca más iba a cocinar con insomnio. En cambio el insomnio le va bien al amor. Se te ocurren infinidad de soluciones para el amor en la madrugada. Y puedes pensar sin miedo a que se te queme algo. Aunque el amor a veces es una catástrofe, de pronto me vienen a la cabeza todas las mujeres maltratadas. Amor? Cuando el otro hace daño con saña no hay amor en ninguna parte. Esta es una mala época para el amor. Hay incluso amores con inteligencia artificial. Y muchos, muchísimos, sin ninguna inteligencia.

Algunas noches, aunque para mí el amor no existe, estoy a punto de pedir socorro. Paso demasiadas noches en blanco. Sufro. Mientras el edificio duerme yo sufro.

Cuatro de la madrugada, el reloj es un asesino del tiempo. Algunas veces rezo, es una costumbre que tengo desde pequeña. No la he perdido y me calma. He perdido tantas cosas. Y lo que ya no se puede recuperar es el tiempo, hoy pasa con imprudencia.

Y qué me dicen de las polémicas mujeres maltratadoras. Son pocas, pero son y crueles. Hace muchos años me encontré con una y no me lo podía creer.

Me toca a mí pero odio esta noche tan oscura y tan poblada de fantasmas.

El dolor tampoco duerme. De pronto acude una arcada. Salgo corriendo hacia el baño. Vomito. Arde. Como si el demonio saliera del infierno. Qué haré con todo esto? La angustia hace cabalgar a mi corazón, galopa en el sinsentido de la penumbra.

Cinco de la madrugada. Hay un loco que pretende que me levante. Estoy tan cansada que me importa un pepino. El agotamiento me duerme.

Seis de la madrugada, las paredes discuten, no estoy de acuerdo con ninguna. He soñado algo terrorífico. Estaba sola en medio del desierto. Alguien me perseguía y yo no tenía zapatos. No sueño nunca, pero la noche es tan turbia que elaboró esas imágenes.

Mañana ya es hoy, la noche anémica ha cruzado la frontera.

 

EL TORTURADOR

 


"El torturador la despierta cada diez minutos, está agotada y necesita dormir y el torturador lo sabe. Qué es el tiempo? Una medida, un arma, algo que al torturador le permite hacer daño sin manchar su lujoso vestido. El torturador: un macho vestido de mujer, la encontró paseando sola por el parque.  El vestido que lleva puesto está algo ajado, lo heredó de su tía Carolina. Es cómodo y el color, un azul turquesa, le sienta bien, se dice a si mismo. El torturador está vacío, ya ni siquiera la tortura consigue producirle ninguna emoción. No obstante, cuando la vio sola en el parque, pensó que estaba de suerte. La imaginación y la crueldad le habían llevado a ese extremo, actuar por su cuenta. Ella no era la primera pero tal vez sí una de las que más se resistían. Eso le animaba, aunque las emociones eran muy distintas de cuando todo comenzó. Ahora necesitaba más sangre. De todos modos, él también estaba cansado y no quería manchar uno de sus mejores vestidos. Eso no lo sabía nadie, porque la única que sobreviviría sería ella. La última vez que la despertó se rió a carcajadas y le dijo: vas a tener suerte porque voy a dormir una horita. A ella, por supuesto, esa hora se le hizo eterna pero no durmió. Tenía que pensar, tenía que encontrar la manera de escapar, tenía que resistir. El miedo no le permitía pensar con claridad..."

Si no le fallaba la memoria, había escrito y reescrito más de media docena de veces aquel párrafo. Cerró el portátil. El café se le había quedado frío. Estaba en el bar de siempre, en la mesa de siempre, al fondo, donde el ruido se amortiguaba, de una ojeada veía todo el local y su público. Le gustaba escribir entre la gente, sobre todo desde que había empezado aquel texto. Todavía no sabía a dónde iba a llegar, sabía que trataba de algo que le costaba mucho sacar. Llevaba toda la vida escribiendo, era bastante conocida y sin embargo nunca había abordado aquel tema con suficiente valentía. Había hablado de ello muchas veces pero nunca en detalle.

Era difícil escribir aquello, lo tenía muy claro y sin embargo eso no le facilitaba la tarea. Lo dejaba para mañana, cuando escribía más de media hora sobre ello, acababa con un dolor insoportable de ovarios. Ya lo había tratado en terapia, era una burda forma de boicotearse, aun así no había podido solucionarlo.

Pagó el café, recogió sus cosas y salió del bar. Sentir el aire frío de la calle le hizo bien.




miércoles, 12 de junio de 2024

PÁGINA EN BLANCO

 


Atorrante, el sueño, se fue por la ventana y me dejó una mariposilla de la luz, medio mareada, torpe ya de tanto pelearse con la oscuridad. Rondaba el mate clandestino como si supiera que me estaba preparando el rito de la escritura. Quería, apolillada, comerse la ropa que llevo puesta a falta de lámpara con que chocarse. Venía del dormitorio tan adormilada que la atrapé en un aplauso y me di por vencida sobre el cuaderno.

Se ampara en mí el insomnio. Me sobraban páginas en blanco y le susurré una gota de sangre al texto soñado sobre el tapiz desvelado.

No sé contar ovejas, más bien me cuento alegrías que me despiertan aún más. Porque me tarda en llegar el amanecer para que se cumpla lo que me digo.

Mañana estaré enamorada. Es una forma de estar alerta, sonriente, contenta... Voy a imitar las cualidades de los enamoramientos, secretamente, y venceré así los temores.

Daré una propina al camarero o camarera y ofreceré mi sonrisa amorosa. Me inventaré un día de felicidad plena con cuatro cosas infalibles. A nadie diré la fórmula. Ni siquiera los arcanos sabrán de qué manera me propongo amores invencibles.

Y ahora me iré al lecho, que se ha convertido en cama revuelta, daré dos vueltas más y dormiré tranquila porque ya he llegado al final de la página.




domingo, 9 de junio de 2024

TARDES DE LETRAS

 


Cuando me desperté llovía. Me fui a la cocina y preparé mate. Abrí la puerta de la terraza y me dispuse a escribir escuchando el sonido de la lluvia. No estaba cómoda, lo primero que suelo hacer al levanttarne es darme una ducha. Dejé la escritura y me llevé el mate al baño.

Después de la ducha el mundo cambió, un lejano aroma, cálido y fresco a un tiempo me invadió por completo. Fui muchos años atrás, cuando escribía un diario apócrifo por las tardes, tomando mate en la cocina. Era feliz. Mi voz se remontaba como una cometa por encima de las nubes y mi cuerpo era liviano. La perrita venía a buscarme cada tarde a la misma hora. Era el momento de dejar la escritura y atender las necesidades de la perrita. La recuerdo todavía con la tremenda pena de su desaparición. Murió un año más tarde, pero la había querido con toda mi alma, disfruté de aquel tiempo con ella infinitamente.

La letra de hoy tiene una parte de ayer. El presente se asienta, lógicamente, sobre el pedestal del pasado. La felicidad, la tristeza, el amor, el desamor, las luces y las sombras de aquel tiempo, la juventud todavía, las pérdidas, las ausencias, la alegría.. El mate, la escritura, los versos, la facilidad de las palabras cabalgando sobre el cuaderno, el ritual y su magia. Los sentimientos tan acerados...

Ahora aquí sigo: el blog, los cuadernos, la escritura y también el mate.

Y por supuesto, sobre todas las cosas, tanto ayer como hoy: mi hija.


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